Por María Jesús Parada


“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio descansa nuestra capacidad de elegir la respuesta. Y, en esa respuesta, se asienta nuestra libertad y nuestro crecimiento”, Víctor Frankl.

Llegaron las vacaciones y con ello muchas familias con niños y niñas se activan pensando cómo ocuparlos/as en estos largos dos meses. Y lo entiendo, pues la mayoría de los padres y madres necesitan seguir trabajando y no es posible dejar a los niños y niñas todo el día sin compañía ni actividades. Sin embargo, como todo, creo que es necesario ir encontrando el matiz en los días de vacaciones, puesto que así como para nosotros los adultos son necesarias las vacaciones y el descanso, para los niños/as también lo son.

El esparcimiento, el aburrimiento y el silencio, son una parte esencial en la consolidación de los aprendizajes.

Nuestros niños y niñas están tan bombardeados de información los otros 10 meses del año y pocos saben que no es hasta las vacaciones donde los aprendizajes se consolidan y se vuelven comprensibles para ellos/as. Y no solo eso: las vacaciones son el momento perfecto para generalizar y experimentar los miles de aprendizajes en varios contextos diferentes, haciendo que éste se vuelva sólido.

Es aquí donde la frase del famoso neuropsiquiatra Víctor Frankl cobra tanto sentido para mí y para toda la neurociencias.

Y esto no solo lo menciona Víctor Frankl, sino que ha sido una constante en importantes referentes de diferentes disciplinas en Oriente y Occidente. Los grandes meditadores, decían que cuando se medita un mantra, el espacio que más hay que habitar es el silencio que aguarda entre sonido y sonido, es ahí donde ocurre todo.

Así pues, es en el espacio del descanso y el tiempo libre donde los aprendizajes significativos desarrollados durante la temporada escolar se afianzan, donde cualquier contenido realmente relevante puede ser potenciado y reforzado en otros escenarios.

Es ese espacio fluido, de descanso y tiempo libre el que permite regular los altos niveles de alerta sostenidos por los niños y niñas durante el año, logrando la única manera de aprender de forma significativa: a través de disponerse al aprendizaje con calma.

Las emociones dirigen la atención, crean significado y tienen sus propias vías de recuerdo según Le Doux (1994) referenciado por Jensen (2004:104) ayuda a la razón a centrar la mente y fijar prioridades, por ejemplo nuestro lado lógico dice: «fija un objetivo», pero solo nuestras emociones nos dan la fuerza y la pasión para preocuparnos hasta el punto de actuar sobre ese objetivo (Jensen, 2004:105).

(Bretha Marlén, Nahyr, Calle, el cerebro que aprende, Colombia 2009).

Entonces, ¿cómo podemos acompañar y disfrutar con nuestros niños y niñas en las vacaciones asegurándonos (y estando tranquilos) que ellos están consolidando sus aprendizajes?

En primer lugar, ¡¡¡NO INQUIETARNOS!!! Darles seguridad para que exploren los espacios sin actividad, tanto dentro de sí como en su entorno. Ser conscientes como adultos que la búsqueda de “a qué jugar” es una actividad muy importante para los niños y niñas y no inquietarse ofreciéndole muchas alternativas, sino brindarles calma.

Usualmente observo a diario niños/as que se aburren rápido, se quejan, los padres y las madres se encuentran con baja tolerancia a las quejas y entonces les dan muchísimas ideas o los ponen en diversos talleres durante el día. E insisto, no digo que esto esté completamente errado, sino que quiero poner el acento en que es en esta búsqueda dentro del silencio, en la no actividad, la instancia crucial para aprender a idear y planificar los tiempos libres, conocer los propios gustos y pensamientos y poner en práctica un montón de aprendizajes previamente adquiridos. Esto es algo que los niños y niñas pudieran comenzar a practicar a temprana edad, desde los 3 años aproximadamente. Esto se traduce en acompañarles y según la necesidad de cada niño/a decirle frases como: “¿estás descansado? Ah, quieres jugar, ¿a qué te gustaría jugar? ¿Qué te dice tu cuerpo y tu corazón? ¿Qué cosas hay en el ambiente que se podrían convertir en un juego?

¿Estás tranquilo en el sillón? ¿Quisieras una frazada? ¿Quisieras un vaso de agua?”.

En segundo lugar, en lo posible, podemos brindar tiempos establecidos de ocio, por ejemplo, anunciar que habrá un tiempo de acción libre en casa. Cada uno/a puede ocuparse en lo que quiera en este tiempo. Esto ayudará a los niños y niñas (y cuidadores) que no están acostumbrados a esto a establecer seguridad de qué hay un tiempo limitado. Este tiempo puede ir aumentando en la medida que cada niño o niña (y padre o madre) puede ir tolerando más.

En tercer lugar, tener la confianza plena como adultos de que todos los espacios de ocupación que escojan los niños y niñas (que no pongan en riesgo su seguridad) serán un espacio de consolidación de aprendizajes. Por tanto, nuestra acción es solo PERMITIR que estén en tiempos libres!!!

En esta línea, justificaré científicamente algunos de los diferentes tipos de estimulación que podrían elegir nuestros/as niños/as y cómo estos tiene efectos a niveles neuronales, por ejemplo:

- Estimulación motora: suministra oxígeno al cerebro y neurotropinas y propician nuevas conexiones neuronales (Dunstman por Jensen (2004).

- Involucrarse en actividades de cualquier tipo de arte: estimula el pensamiento visual, resolución de problemas y enriquece el lenguaje y la creatividad (Simmons 1995).

Y finalmente la más relevante:

- La relajación: facilita posteriormente la concentración y captación de nuevas ideas y

conocimientos.

«Cuando hay una relajación profunda, la energía cerebral puede generar un gran cambio en cuanto a la comprensión de las ideas, conceptos y problemas» (Ontoria, 2005:69).

Además estos estados calmos o momentos en que los niños y niñas se permiten y optan por el descanso se ha demostrado que impacta sobre su autoconcepto, su autoconocimiento y un mayor sentimiento de autoestima. (Bretha Marlén, Nahyr, Calle, el cerebro que aprende, Colombia 2009).

Por todas estas evidencias se me hace necesario hablarles de esto hoy y darles algunos ejemplos de cómo en cada actividad y no actividad en la que se implican los niños hay aprendizajes.

María tiene 4 años y va a la playa con su mamá. Su mamá está junto a ella y lee un libro para adultos, ambas se acompañan pero su madre está en una actividad personal. María se divierte largo rato tocando la arena y haciendo cascadas sobre su mano (autoconocimiento, procesamiento sensorial, reconocimiento del tacto, aprendizaje somático), luego, se le ocurre hacer castillos de arena (motricidad fina), para ello carga y traslada baldes con arena y agua (motricidad gruesa), usa 10 conchitas como personajes del castillo (aprendizaje cognitivo y juego simbólico), invita a un niño de la playa a jugar y juegan juntos (desarrollo afectivo y emocional).

Pedro tiene 6 años, fue a un taller en la mañana y por la tarde se acostó un tiempo en el sillón. Durante esos minutos Pedro recordó los mejores juegos que realizaron en el taller, los nombres de los amigos que conoció y luego tarareo una canción en su mente para descansar. (Reconocer necesidades del cuerpo, y nuestra mente, memoria de trabajo y memoria emotiva).

Tomas y Dominga de 8 años, estaban muy aburridos. El papá les dio un tiempo sin actividad durante la tarde y no estaban nada de acostumbrados a esto, al comienzo se enojaron, pero tan pronto como comenzó a pasar el tiempo, Tomás se recordó de una cuerda que tenía en su pieza, salieron afuera y armaron un circuito, y se desafiaron creando niveles en el juego, como lo habían visto en un video juego. (Regulación emocional, paciencia, creatividad, ideación, planificación, ejecución, motricidad gruesa, traslado de aprendizaje).

Insisto en cada momento y actividad aguardan tantos aprendizajes como podamos visualizar, y si es en un estado de pausa y relajo entonces se torna significativo y profundo y se van formando nuevas “carreteras” neuronales, que marcarán la forma en cómo me relaciono conmigo mismo/a y el mundo, para siempre.